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Barack Obama, ¿en la mitad del camino o al filo del precipicio?

http://www.gara.net/paperezkoa/20110106/241440/es/Barack-Obama-en-mitad-camino-o-filo-precipicio

 

xente REKONDO Gabinete vasco de Análisis Internacional (GAIN)

Cuando se cumple la mitad del mandato del actual presidente norteamericano, las encuestas reflejan un retroceso en la popularidad de Barack Obama. El contexto de la política institucional en EEUU refleja también un revés para los intereses del Partido Demócrata, y tanto esta formación como su rival, el Partido Republicano, han comenzado a sacar cuentas de cara a la campaña de las próximas primarias de 2012, de las que saldrán los candidatos de ambos partidos a la Presidencia de EEUU, carrera electoral que concluirá a finales de ese mismo año.

Tras el batacazo demócrata en las elecciones de medio mandato, que ha significado la pérdida del control demócrata en la Cámara de Representantes y una pérdida de su poder en Senado; con una elevada tasa de desempleo; después de la crisis del vertido de petróleo en el Golfo de México, y con divergencias en el seno del Partido Demócrata, los dos años que le restan de mandato a Obama no se presentan como una camino de rosas.

No obstante, y a pesar de todos los obstáculos que debe afrontar, de momento es el candidato mejor situado en su partido para presentarse a la reelección, ya que es demasiado pronto (como ya ocurrió en anteriores campañas presidenciales) para que los posibles rivales demócratas se postulen públicamente, y algo parecido puede estar ocurriendo en las filas republicanas.

Las elecciones de medio mandato han supuesto un punto de inflexión que condicionará los intentos de Obama de sacar adelante todo un abanico de proyectos. Las reticencias de sus propios compañeros de partido (las supuestas dos almas enfrentadas, los conservadores y el centro-izquierda) tampoco parece que vayan a ayudar a un cómodo tránsito de estos dos años para las intenciones presidenciales. Recientemente, un analista le recordó a Obama que una cosa es «dirigir una campaña» (candidato) y otra muy diferente ser el «líder del país» (presidente).

Los intentos presidenciales para poner en marcha una nueva ley en torno a la inmigración (rechazada hace pocas fechas), el recorte de impuestos, la salida de Afganistán o el nuevo tratado START en torno a la reducción de armas nucleares serán a ocasión de ver el desarrollo del mandato presidencial de Obama no ya sólo en los restantes dos años, sino en los próximos meses.

Algunos buscan paralelismos con el pasado. De esta manera, presentan la situación de Obama tras la pérdida de las elecciones de medio mandato como una situación que ya vivieron Truman, en 1947, y Clinton, en 1995. Evidentemente, se trata de dos coyunturas diferentes, pero en ambos casos, aquellos presidentes demócratas también perdieron las elecciones de medio mandato.

Sin embargo, lo que se pretende resaltar con esta comparación son los diferentes caminos que adoptaron uno y otro ante esa derrota electoral, y buscan anticipar cuál será la actitud de Obama en estos dos años que le quedan.

Así, mientras Truman decidió apostar por una agenda de carácter de centro-izquierda (siempre atendiendo a los parámetros políticos que este tipo de terminología representa en la política estadounidense), Clinton optó por buscar una clara aproximación hacia el electorado más conservador, moviéndose hacia la derecha. A ambos les sirvió su movimiento pues lograron la reelección presidencial. De ahí que ahora en los círculos políticos de EEUU se especule con la actitud que adoptará Obama.

Todavía, y a la vista de las recientes encuestas, parece que el actual presidente cuenta con el apoyo de importantes sectores de la ciudadanía. En ese sentido las comunidades afroamericanas y latinas se decantan mayoritariamente por Barack Obama, sobre todo la primera, así como la gran mayoría de las bases demócratas y los sectores más jóvenes de la sociedad. No obstante, habrá que evaluar cómo reaccionan esos apoyos del actual presidente si éste decide finalmente acentuar su giro hacia la derecha.

De momento, las promesas electorales, en buena medida, se están quedando en papel mojado y son cada vez más los que sostienen que buena parte de la política de Obama sigue el guión establecido por su antecesor, George W. Bush. Ahí se han ido quedando los planes para cerrar Guantánamo y la salida camuflada de Iraq (donde tras el cambio de denominación, las tropas militares siguen en las bases permanentes de ese país). Y de cara al futuro nos encontramos con el «olvido» de sus pretensiones iniciales de subir los impuestos a las clases más ricas y, en lugar de ello, está aferrándose al programa de Bush y al apoyo de los republicanos para aplicar una política económica claramente conservadora. O el espinoso tema de Afganistán, donde nadie parece encontrar una salida al conflicto y sobre el que pesa la promesa de Obama de reducir en el futuro su presencia militar.

Otra clara ventaja que de momento tiene el actual presidente de cara a su posible candidatura a la reelección es que de momento el Partido Demócrata no cuenta con una figura que le haga sombra de cara a esa nominación. Eso no quiere decir que en los próximos meses no se produzcan movimientos en el seno de esta formación, pero de momento, el que parece mejor colocado es el propio Obama, y no hay que olvidar que sus eventuales rivales deberán poner en marcha su maquinaria (apoyos sociales y económicos) en los próximos meses, sino lo han hecho ya, porque el tiempo pasa más rápido de lo que se cree.

Enfrente tendrá todos los recursos que puedan entroncar en torno suyo los posibles candidatos del Partido Republicano. En esta formación la situación es pareja, aunque ya han comenzado a sonar algunos nombres de cara a la carrera de las primarias republicanas. La populista ex gobernadora de Alaska Sarah Palin y los también antiguos gobernadores de Arkansas Mike Huckabee y de Massachussets Mitt Romney han empezado ya a viajar a diferentes partes del país, sobre todo a Iowa y New Hampshire, dos estados que suelen ser referenciales al comienzo de la campaña de las primarias.

Entre los posibles nombres que han ido apareciendo estos días en los diferentes medios de comunicación son Tim Pawlenty (gobernador de Minnesota), Haley Barbour (gobernador de Missisipi), Match Daniels (gobernador de Indiana) y el senador por Dakota del Sur John Thune. Aunque todos ellos, de momento, son bastante desconocidos para el público en general y, por lo tanto, parten en una situación de desventaja con respecto a los tres primeros.

Por ahora, finalizado 2010 ya sabemos quién ha salido seriamente derrotado en la vida política e institucional de EEUU, aunque es demasiado pronto para trasladar esas apreciaciones a 2012. En el pasado se han visto importantes vuelcos en las primarias de ambos partidos (el caso de Giuliani y el de Clinton en la anterior campaña), por ello no se debe descartar que en los próximos meses hagan su irrupción algunos candidatos a día de hoy «tapados».

También se debe tener en cuenta la actitud que tengan los llamados independientes, que se llevan una buena parte del electorado que podría decantar la balanza dentro de dos años. Por el momento, las encuestas constatan que Obama ha ido perdiendo su apoyo, tanto por el incumplimiento de su programa electoral como por la derechización que está registrando su presidencia.

El actual inquilino de la Casa Blanca no debe olvidar que el electorado siempre prefiere el original a la copia y que si, finalmente, apuesta por una política conservadora, buen parte de la población que hasta ahora le ha respaldado puede acabar dándole la espalda.

Tampoco hay que olvidar el apoyo que en la actualidad sigue recibiendo Obama de las élites políticas, económicas y mediáticas del país, y que los republicanos intentarán utilizar la técnica del desgaste del presidente, acrecentándolo, en línea con la técnica que el propio mandatario puso en marcha hace más de dos años.

Si el «cambio» no acaba de materializarse, es muy probable que ese mismo lema se vuelva contra Barack Obama y que sus rivales acaben por utilizarlo como bandera, tal y como se ha visto en las recientes elecciones de medio mandato. Una paradoja más de una política que en EEUU apenas permite diferenciar a un partido de otro.

Las Caras del Tea Party. Mario Vargas LLosa

http://www.elpais.com/articulo/opinion/caras/Tea/Party/elpepiopi/20101024elpepiopi_12/Tes

Como al Tea Party se le han encimado toda clase de grupos y organizaciones extremistas, desde fanáticos antiabortistas y antigays hasta integristas religiosos que quieren desterrar a Darwin y a la teoría de la evolución de los planes de estudio en las escuelas y reemplazarlos por el creacionismo bíblico, pasando por sectas pintorescas como los enemigos de la masturbación y de las mezclas raciales, y patrioteros de tricornio, bombachas y tambor, se ha difundido la idea, sobre todo fuera de Estados Unidos, de que la democracia norteamericana podría venirse abajo en las elecciones de parlamentarios y gobernadores de noviembre y caer en manos de ultraderechistas y locos furiosos.

 

Pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos. La aparición del Tea Party, por lo pronto, en estas elecciones parciales le complica más la vida al Partido Republicano que al Partido Demócrata. Aquél, debido a la caída de la popularidad del Gobierno de Obama en razón de la crisis económica, que no da síntomas de amainar, y el 10% de parados de la fuerza laboral, parecía destinado a arrasar en las ánforas. Ahora, debido al trastorno que han creado en su seno el activismo y los éxitos locales del Tea Party en imponer sus candidatos, es seguro que verá reducido su triunfo, por la división del voto republicano y el abstencionismo o fuga al adversario de muchos republicanos a quienes atemoriza la idea que un movimiento tan conservador y radical -y de líderes tan poco sólidos intelectualmente como Sarah Palin o Glenn Beck, la estrella mediática de Fox- vaya a fijar la línea del partido. De modo que el Tea Party tal vez amortigüe algo, o acaso bastante, el voto de castigo al gobierno demócrata.

Por otra parte, el Tea Party no es un partido político y, aunque ha hecho mella entre los afiliados al Partido Republicano y, sobre todo, en los pueblos y provincias alejados de los grandes centros urbanos de Estados Unidos, carece de una organización nacional y del tiempo suficiente para crearla, además de que también conspiran contra ello las divisiones y rivalidades que proliferan en su seno entre, digamos, los más sensatos, los menos sensatos, los payasos y los delirantes (hay todavía subdivisiones más sutiles). Su nacimiento fue espontáneo, una proliferación de grupos que, enarbolando como símbolo el de los colonos de la Revolución independentista que arrojaron al mar los cargamentos de té en rebeldía por el monopolio comercial y los impuestos que imponía Londres, se reunían a protestar por el crecimiento desaforado del Estado que advertían en medidas como la reforma sanitaria y las descomunales ayudas fiscales a los bancos a raíz de la crisis financiera. Lo que parecía poco más que una manifestación intrascendente y pintoresca del folclor político de Estados Unidos creció como la pólvora y saltó de los márgenes a formar parte de la corriente principal del acontecer cívico del país. Mi impresión es que en estas elecciones obtendrá menos victorias de las que se teme y que, probablemente, por su falta de cohesión interna, a todas las rémoras que ha parasitado y a su enclenque espinazo y liderazgo, se irá deshilachando y acaso desaparecerá. Sin embargo, algo importante quedará de él y será absorbido por los grandes partidos y el quehacer político en esta sociedad, una de las más permeables y capaces de recrearse que conozco.

Porque, por debajo de su semblante ultraconservador, reaccionario, populista y demagógico, y de los disparates que pueden proclamar algunos de sus dirigentes, como quienes aseguran que el presidente Obama es un musulmán emboscado que quiere el socialismo para Estados Unidos o los exabruptos de la señora Christine O’Donnell, candidata por Delaware, antigua practicante de la brujería que ha acusado a los homosexuales de haber creado el sida, hay en la entraña de este movimiento algo sano, realista, democrático y profundamente libertario. El temor al crecimiento desenfrenado del Estado y de la burocracia, cuyos tentáculos se infiltran cada vez más en la vida privada de los ciudadanos, recortando y asfixiando su libertad y sus iniciativas; la apropiación por parte del sector público de funciones o servicios que la sociedad civil podría asumir con más eficacia y menos derroche de recursos; la creación de sistemas llamativos de asistencia social que sólo podrán financiarse con subidas sistemáticas de impuestos, lo que se traducirá en caídas de los niveles de vida de las clases medias y populares.

Estos temores no son gratuitos, responden a una realidad de nuestro tiempo y se originan en problemas que se viven por igual en el Primer y el Tercer Mundo. Pero en Estados Unidos tienen una resonancia particular, pues tocan un nervio siempre vivo en un país donde el individualismo no tuvo jamás la mala prensa que tiene en Europa, en la que las doctrinas colectivistas han echado hondas raíces en su historia moderna. A Estados Unidos llegaron los peregrinos europeos en busca de libertad, para practicar su religión, que no era la oficial, para defender el derecho del individuo a gozar de independencia, de elegir su vida sin otra limitación que el respeto de las formas de vida de los otros. En la tradición americana más acendrada no es el Estado sino el ciudadano el responsable primero de su fracaso o de su éxito. Aquél no debe interferir en la vida de éste sino garantizar igualdad de oportunidades, que se cumplan las leyes equitativas y justas que dan los representantes elegidos en comicios libérrimos. Durante mucho tiempo este designio ideal fue más o menos respetado y funcionó, con el extraordinario desarrollo y prosperidad del país como resultado.

En ese modelo había algo de irrealidad y muchas imperfecciones, sin duda, pero dio al grueso de la sociedad norteamericana unos niveles de vida muy por encima del resto del mundo durante mucho tiempo. Luego, en razón de las guerras, de las desigualdades económicas que multiplicó, de la acción política reformista, fue siendo enmendado, en muchas cosas para mejorarlo, pero en otras para empeorarlo. Y entre estas últimas, sin duda, figura esa elefantiásica inflación burocrática que, casi tanto como en Europa, ha ido reduciendo el espacio de libertad y de autonomía del individuo, con el consiguiente encogimiento de la sociedad civil y, por lo tanto, de la responsabilidad del ciudadano frente a sí mismo, su familia y el conjunto social. En la sociedad moderna, donde el Estado es Dios, el individuo es cada vez menos responsable, porque la realidad apenas le permite serlo, lo empuja cada días más a ser un mero dependiente del Estado. Para casi todo: estudiar, curarse, obtener un trabajo, disfrutar de un seguro, participar y disfrutar de la vida cultural, jubilarse, cuenta con el Estado. La idea de que ése es el destino final de la evolución que viene siguiendo la realidad de su país es simplemente intolerable para un sector importante de Estados Unidos, donde la idea del individuo soberano que no debe dejarse arrollar ni instrumentalizar por el Estado, siempre un peligro latente para su libertad, es ingrediente esencial de su historia.

Ese es un sentimiento justo y que merece ser incorporado a la agenda política pues apunta a problemas reales que enfrenta la cultura democrática. Si el Estado no se descentraliza y adelgaza, si no devuelve a la sociedad civil, a los particulares, las muchas iniciativas y servicios que les ha ido arrebatando, el resultado final será el envilecimiento de la democracia, su conversión en una mera apariencia en la que el individuo ha dejado de ser libre y se ha convertido en un autómata, manipulado por burócratas invisibles y todopoderosos que, desde la sombra de sus despachos, toman todas las decisiones importantes que conciernen a su destino. No es verdad que sólo el Estado puede ejercitar la solidaridad con el débil, la ayuda al que no puede valerse por sí mismo, responsabilizarse de la cultura, la salud, el trabajo de los ciudadanos. En muchísimos casos, éstos lo hacen mejor y gastando menos que los burócratas. En el de la cultura, por ejemplo, aquí, en Estados Unidos, en gran parte, los magníficos museos, las óperas y conciertos, la danza, las grandes exposiciones, las bibliotecas públicas, son financiadas principalmente por la sociedad civil. Es verdad que hay incentivos tributarios que alientan esta generosidad, pero la razón principal es una tradición cultural, no desaparecida del todo, que induce a los ciudadanos a actuar, tomar iniciativas en invertir su dinero en aquello que creen justo y necesario. A diferencia de los otros, este mensaje del Tea Party merece ser tenido en cuenta.