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Ron Paul: Los 10 principios para una sociedad libre

1Los Derechos pertenecen a los individuos no a los grupos, ya que se derivan de nuestra naturaleza y no se puede conceder ni quitar por el gobierno.

2. Todas las asociaciones pacíficaseconómico y socialmente voluntarias están permitidos, el consentimiento es la base del orden social y económico.

3Solo la propiedad adquirida es propiedad privada del individuo o grupo voluntario y esta propiedad no puede ser arbitrariamente anulada por los gobiernos.

4.El  Gobierno no puede redistribuir la riqueza privada o conceder privilegios especiales a cualquier individuo o grupo.

5. Los individuos son responsables de sus propias acciones; el gobierno no puede ni debe protegernos de nosotros mismos

6. El Gobierno no puede reclamar el monopolio sobre el dinero y el gobierno nunca debe dedicarse a la falsificación , incluso en nombre de la estabilidad macroeconómica.

7. Las Guerras de agresión, incluso cuando se le llaman de prevención, e incluso cuando pertenecen sólo a las relaciones comerciales, están prohibidas.

8. Jurado de nulidad, es decir, el derecho de los miembros del jurado para juzgar la ley, así como los hechos, es un derecho del pueblo y la norma de la audiencia.

9. Todas las formas de trabajo forzado están prohibidas, no sólo la esclavitud, sino también el reclutamiento asociación forzada , y la distribución forzada de bienestar.

10. El gobierno debe obedecer la ley que el resto y por lo tanto nunca debe usar la fuerza para moldear el comportamiento, manipular los resultados sociales, gestionar la economía, o decirle a otros países cómo deben comportarse.

Ron Paul arrasa en la Convencion del Tea Party

http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=707378

Washington, 27 feb (EFE).- El movimiento Tea Party no tuvo en cuenta la aspiración presidencial de una de sus grandes estrellas, Sarah Palin, y eligió como favoritos para la carrera a la Casa Blanca al congresista por Texas Ron Paul y el presentador de radio Herman Cain.

El movimiento conservador concluyó hoy una convención de tres días en Phoenix (Arizona) con dos votaciones informales para comenzar a cerrar una serie de posibles candidatos para las elecciones presidenciales de 2012, informó hoy el diario “Politico”.

En la más amplia de esas votaciones, que se desarrolló en Internet e incluyó a simpatizantes y activistas del partido, el Tea Party eligió al veterano congresista Paul como su candidato por un 49 por ciento de los votos, seguido por un 12 por ciento para Cain, un empresario que presenta un programa conservador en Georgia (Atlanta).

La ex gobernadora por Alaska, por su parte, tuvo que conformarse con un nueve por ciento de los votos.

En una segunda votación oficial limitada sólo a asistentes a la convención, Cain fue el candidato elegido con un 22 por ciento de los votos, mientras que el gobernador de Minesota Tim Pawlenty obtuvo el 16 por ciento y Paul el 15 por ciento.

Palin fue la única de los posibles candidatos que no pronunció un discurso en la convención, pensada para lanzar una estrategia que aumente la influencia del movimiento en las elecciones presidencial del 2012.

“Tenemos un plan de 40 años para robar los corazones de nuestros compatriotas que valoran la responsabilidad fiscal, limitar la constitucionalidad del Gobierno federal y la libre empresa”, dijo el viernes a Efe Jenny Beth Martin, coordinadora nacional del movimiento Tea Party Patriots.

“Estamos preparados para seguir difundiendo nuestras ideas y estamos seguros que tendremos una mayor influencia en las próximas elecciones generales”, añadió.

Palin, ex candidata a la vicepresidencia en 2008, ha perdido algo de fuelle dentro del joven movimiento tras liderarlo en sus inicios y demostrar sus apoyos en agosto de 2010, cuando atrajo a decenas de miles de personas a Washington en una manifestación contra el Gobierno

 

Lo que dijo John Adams y no quiere oír Ruiz Soroa (II)

http://aberriberri.com/2011/02/11/lo-que-dijo-john-adams-y-no-quiere-oir-ruiz-soroa-ii/

 

Iñigo Lizari, Imanol Lizarralde, Ion Gaztañaga

Con los razonamientos observados en el capítulo anterior, vemos que hay furibundos nacionalistas españoles que no son capaces de aceptar que los nacionalismos de Estado no se pueden permitir en el siglo XXI ciertas cosas que se han permitido en el siglo XIX ni deberían de dar lecciones de cómo se alcanza la libertad y la prosperidad. Sobre todo, si su nacionalismo se reviste de “constitucionalismo”, el decoro exige que acepten que el primer constitucionalismo español nacido en 1812, donde por primera vez se habla de nación española y de ciudadanía española, reconoce en su discurso preliminar que los únicos lugares en donde existían verdaderas constituciones y libertades eran en “las felices provincias vascongadas y Navarra” donde siempre se había logrado poner freno a los abusos del poder.

Esta visión no se contradice en absoluto con la visión de John Adams, que además de clasificar a Bizkaia como una República Democrática, hace tres críticas importantes a tener en cuenta por todos nosotros: la elitización de los representantes institucionales, la falta de innovación suficiente de sus leyes en los últimos tiempos y la constatación de que el modelo es un caso local derivado de las especiales situaciones en las que viven los vascos y no es un modelo exportable a otros países.

Ruiz Soroa basa su artículo en la tergiversación de la primera crítica, y si realmente al autor le preocupara la elitización del Constitucionalismo Foral de Bizkaia de 1780 debería constatar que es una limitación que afectaba al sufragio pasivo, es decir a la condición de ser elegido o electo, y no al sufragio activo, es decir a la condición de ser elector o votante (que era universal si bien la universalidad se limitada a un voto por familia o foguera y no por ciudadano). Y su preocupación debiera ser aún mayor si revisara el Constitucionalismo Soberanista Español con el que se adentro el Reino de España en pleno siglo XX, 100 años después de la visita de Adams a Bizkaia: en la Constitución de 1876 (que estuvo vigente hasta 1923) y con la que se laminó toda la foralidad, el Senado era una cámara, que además del Rey, podía bloquear cualquier iniciativa legislativa y condenarla a no poder ser presentada hasta la siguiente legislatura.

Semejante capacidad de veto no parece preocuparle a Ruiz Soroa, aunque la constitución española de la época establecía los siguientes requisitos para ser senador:

Art. 21. Son Senadores por derecho propio: Los hijos del Rey y del sucesor inmediato de la Corona, que hayan llegado a la mayoría de edad. Los grandes de España que lo fueren por sí, que no sean súbditos de otra Potencia y acrediten tener la renta anual de 60.000 pesetas, procedente de bienes propios, inmuebles, o de derechos que gocen la misma consideración legal. Los Capitanes generales del Ejército y el Almirante de la Armada. El Patriarca de las Indias y los Arzobispos. El Presidente del Consejo de Estado, el del Tribunal Supremo, el del Tribunal de Cuentas del Reino, el del Consejo Supremo de la Guerra, el de la Armada, después de dos años de ejercicio.

Art. 22. Sólo podrán ser Senadores por nombramiento del Rey o por elección de las Corporaciones del Estado y mayores contribuyentes, los españoles que pertenezcan o hayan pertenecido a una de las siguientes clases: Primero: Presidente del Senado o del Congreso de los Diputados. Segundo: Diputados que hayan pertenecido a tres Congresos diferentes o que hayan ejercido la Diputación durante ocho legislaturas. Tercero: Ministros de la Corona. Cuarto: Obispos. Quinto: Grandes de España. Sexto: Tenientes generales del Ejército y Vicealmirantes de la Armada, después de dos años de su nombramiento. Séptimo: Embajadores, después de dos años de servicio efectivo, y ministros plenipotenciarios después de cuatro. Octavo: Consejeros de Estado, fiscal del mismo Cuerpo, y ministros y fiscales del Tribunal Supremo y del de Cuentas del Reino, consejeros del Supremo de la Guerra y de la Armada, y decano del Tribunal de las Ordenes Militares, después de dos años de ejercicio.

Esta “democracia” española de un siglo después de Adams se puede resumir diciendo que aunque fuera cierto (que no lo es) que sólo un 0,1% de la población de Bizkaia pudiera ser elegible, la población española que estaría en condiciones de acceder al Senado un siglo después (que como hemos dicho tenia derecho de veto respecto de las iniciativas acordadas por el Congreso) estaría en menos el 0,01%. Observamos además, la ausencia de incompatibilidades (por ejemplo entre lo religioso y lo político), algo que no ocurría en el caso vizcaíno, celoso de proteger la incompatibilidad de los clérigos a sentarse en Juntas por la estricta separación entre iglesia y estado que se impusieron desde siempre las Juntas Generales. Además, de esta incompatibilidad, existían algunas otras como la de ser abogado, por considerar que estaban acostumbrados a un Derecho ajeno a los principios del derecho de Bizkaia y por ser proclives a utilizar artes tendente a la confusión. Un sistema de incompatibilidades y buen gobierno cuyo resultado era muy positivo en palabras de Adams:

Muchos escritores atribuyen su floreciente comercia a su situación, pero ésta no es mejor que la de Ferrol o Coruña, la ventaja es más probable que sea por su Libertad. Cabalgando este pequeño territorio, creerías estar en Connecticut; en lugar de cabañas miserables, construidas con barro, y cubiertas de paja, puedes observar el país lleno de grandes y espaciosas casas y graneros; las tierras bien cultivadas; y ricos y alegres pequeños propietarios. Los caminos, tan peligrosos e infranqueables en la mayoría de otras partes de España, son aquí muy buenos, y se han realizado con una gran cantidad de mano de obra.

La segunda crítica que observa Adams, es la falta de innovación de las leyes vizcaínas en los últimos tiempos. Sin embargo es probable que las razones que da Adams en su carta no gusten tampoco a los pedagogos ciudadanos como Ruiz Soroa:

Su disposición a la división, tan evidente en todos los gobiernos democráticos, aunque atemperados con poderes aristocráticos y monárquicos, se ha mostrado en la separación con Gipuzkoa y Araba ; y lo único que lo preserva de otras divisiones, ha sido el miedo a sus vecinos. Siempre han sabido, que tan pronto como cayeran en facciones, o intentaran innovaciones, la Corte de España se interpondría, y les prescribiría un gobierno con el que no estarían a gusto.

La falta de innovación en los últimos tiempos por parte de la Constitución de Bizkaia es por tanto la posibilidad de que la Monarquía española quisiera modificarlas a su antojo, cosa que ocurrió con la venida de la Constitución de Bayona y la de Cádiz, donde se pretendía modificar unilateralmente la foralidad. Este problema de innovación la intentaban paliar los vascos haciendo referencia a “usos y costumbres”, como lo hicieron cuando quisieron institucionalizar, el siglo siguiente, las Conferencias entre Diputaciones mediante sanción real: argumentaron que se venían reuniendo desde “tiempos inmemoriales” y que por lo tanto, no había problema en obtener autorización oficial e institucionalización por algo que siempre se había hecho.

Estas peculiaridades y limitaciones hacen que John Adams, aún admirando la democracia vizcaína, no vea en ella un modelo exportable para los Estados Unidos:

Aunque vemos aquí en el Gobierno general, en la de cada ciudad y merindad, las tres ramas del poder (…); sin embargo, si fueran tan democráticas como piensan algunos, no podríamos inferir, desde el ejemplo de esta pequeña multitud sobre unas pocas e impracticables montañas, en un círculo de diez leguas de diámetro, la utilidad o practicabilidad de este tipo de gobierno en cualquier otro país.

Una peculiaridad que a pesar de los pesares, es una democracia ejemplar de su época, digna de elogio de los más ilustres pensadores, como así lo hizo constar uno de los padres de la sociología científica moderna, el francés Frédéric Le Play, un siglo después de la visita de Adams, en 1871, en su obra “L´Organisation de la famille”:

“Después de estudiar las leyes de Europa, encuentro que a las Leyes Forales Vascas por encima de las leyes de Suiza, también con el apoyo de sus siglos de existencia. Por sus virtudes, su unión y sobre todo las libertades locales que disfrutan, los vascos nos brindan un ejemplo que uno apenas sabe cómo alabar lo suficiente, del mantenimiento de su lealtad a la mejor constitución social en Europa”

¿Que es el Tea Party?

http://www.gara.net/paperezkoa/20100925/222597/es/Un-nuevo-movimiento-conservador-Tea-Party-monopoliza-vida-politica-visperas-elecciones-EEUU

Txente REKONDO | GAIN

Todo hacía indicar que en esta ocasión las élites republicanas y demócratas habían diseñado sus primarias en esa clave, sin embargo los stablishments de ambas formaciones han visto alterados sus guiones ante la aparición en el escenario político de un nuevo fenómeno populista y conservador, el Tea Party.

Este tipo de movimientos ha sido una constante a lo largo de la corta (300 años) pero a la vez intensa historia norteamericana. Pero esta vez, algunos analistas le auguran una mayor potencialidad. Hay quien apunta que, en el caso del Tea Party, nos encontramos ante la punta de un iceberg, una muesta de un sentimiento más extendido en la sociedad de EEUU y que hasta el día de hoy no había logrado una mínima articulación propia, más allá de integrarse en el discurso general del Partido Republicano.

La historia «pública» de este nuevo movimiento ha estado marcada por la reacción que ha generado en los principales medios de comunicación, locales primero y extranjeros posteriormente, y en las élites políticas de EEUU. Así, en un primer momento, los miembros del Tea Party y la realidad que representaban fueron ignorados, para posteriormente ser acusados de ser un fenómeno manipulado por las «grandes fortunas» y ridiculizado como el resultado de la manipulación de determinadas élites -a pesar de que se ha ido forjando desde un espontáneo apoyo ajeno a dichas élites-.

Posteriormente llegaron las acusaciones de «racistas, paranoicos, indecisos, extremistas…» cuando lo cierto es que, aún participando en parte en estas descripciones, no las agota, ni mucho menos. Y, finalmente, llegaron las críticas políticas, las acusaciones de que fomentarán «la división del Partido Republicano, favoreciendo a los demócratas». Tampoco faltan los que sostienen que no condicionarán las elecciones de noviembre ni las próximas presidenciales dentro de dos años.

Y todo esto en apenas veinte meses, una disparidad de criterios ante una misma realidad que denota, o desconocimiento de ese movimiento o, lo que es peor, una clara intencionalidad en las críticas.

Fenómeno de base

Más allá de mitos, el Tea Party representa un fenómeno de base, una especie de «red centralizada para los descontentos descentralizados». Representa un nuevo conservadurismo, que une el constitucionalismo conservador y el fiscal, y se dota también de un cierto populismo cultural.

El Tea Party ha ido articulándose desde blogs, movimientos on line, medios de comunicación sociales y otro tipo de redes, Ha ido recogiendo y asumiendo un discurso que ha sabido conectar con buena parte de la llamada «América media». De esta manera, nos encontramos ante un movimiento amplio de masas, en el que no se mantiene un único tema que monopolice toda la campaña, y no hay un líder definido -aunque algunos se empeñan en presentar a Sarah Palin o Glenn Beck como los personajes que asumen esa labor-.

Los discursos centrales del Tea Party han estado marcados por una defensa estricta de la Constitución, una desconfianza hacia el gobierno federal (defendiendo los gobiernos locales) y una denuncia de la «tiranía de las élites políticas y de los liberales (entendiendo que en EEUU esta palabra tiene una connotación diferente a la nuestra, ligada a posturas de izquierda)».

Evidentemente no han faltado los discursos anti-Obama, en contra de los matrimonios homosexuales, la defensa de las armas, contra la liberalización del consumo de drogas o el derecho al aborto, pero sería un error creer que estos temas son el punto central de la campaña. Eso sin obviar que los defensores de esas posturas pueden también situarse de manera cómoda dentro de este nuevo fenómeno.

La composición, por tanto, del Tea Party es la unión de diferentes grupos e intereses. Por un lado nos encontramos a los «nuevos» en política, esa gente que nunca ha estado envuelta o no ha participado en las elecciones anteriores, y que ahora se siente llamada a participar y movilizarse (una especie de movimiento similar al que logró aupar a Obama a la Casa Blanca, aunque ideológicamente en sentido opuesto).

En segundo lugar se encuentran «los políticos independientes» que se sienten traicionados por los dos partidos mayoritarios -llegando en algunos casos a abandonar sus filas- , por el gobierno federal, el endeudamiento, el déficit y las macro políticas.

El tercer grupo lo conforman los llamados «republicanos conservadores». que no se encuentran a gusto con la dirección actual del Partido Republicano. Y finalmente aparecen aquellos demócratas descontentos con Obama y su administración. Según algunas encuestas recientes, en torno al Tea Party encontramos a gente de todas las clases y estratos. Una cuarta parte reconoce haber dado el voto a Obama, cerca del 40% no se identifica como republicano, e incluso uno de cada cinco se presenta a sí mismo como demócrata.

El reciente éxito de este movimiento en las primarias republicanas ha forzado a un cierto giro a la mayoría de comentaristas y analistas. Ahora la mayoría han comenzado a presentar a este movimiento en clave política y de su influencia de cara a las próximas citas electorales.

Para algunos se trata de una situación que ha dejado en una difícil situación a las expectativas de triunfo del Partido Republicano (el deterioro de la imagen de Obama, el desempleo y la crisis parecía que jugaban a favor de los republicanos). Otros apuntan a un pulso del sector más conservador con el stablishment republicano. Para los candidatos del Tea Party, la élite del partido carece de ideas o filosofías propias y con su movimiento buscan influir en la dirección del partido o incluso infiltrarse en el mismo en la estructura de mando, incrementando la tensión interna.

No obstante, hay quien también defiende que esta organización acabará situándose dentro de las filas republicanas para derrotar a los candidatos demócratas, pero eso sí, habiendo logrado situar el debate político en sus parámetros más conservadores y atrayendo a los candidatos de ambas formaciones mayoritarias hacia posturas todavía más reaccionarias.

En lo que coinciden ahora la mayoría es en que el Tea Party puede transformar relativamente la política norteamericana. Recientemente, desde las páginas de The Economist señalaban que este movimiento representa «la fuerza política más vibrante de la actualidad». Nos encontramos ante una fuerza política conservadora con una importante base social movilizada y que sin duda alguna va a condicionar o influir en las elecciones del próximo noviembre, y sobre todo en las presidenciales de 2012, de una manera que hasta la fecha ha sido subestimada y no apreciada.

La derecha de EEUU

En los medios de comunicación, sobre todo fuera de EEUU, se tiende a presentar al Partido Republicano como la derecha, y a los demócratas como el centro izquierda. Evidentemente esa imagen no se corresponde con la realidad política de aquel país.

A muchos sorprende el conocer que Obama recibió muchos más apoyos económicos que el resto de candidatos -concretamente donaciones de las grandes corporaciones y otros sectores que posteriormente «pasan factura»-; o que la mayoría de los intelectuales más conservadores proceden del partido demócrata, y que fue este partido el que hasta hace unas décadas defendía la segregación racial.

Es cierto que en los últimos años, los republicanos han absorbido la mayoría de expresiones reaccionarias y populistas. Desde el Partido de América en el siglo XIX, los demócratas conservadores sureños, muchos seguidores del McCarthysmo, los seguidores del Partido Independiente Americano de George Wallace -que ha impregnado la ideología republicana más reciente-, la llamada «mayoría moral» de los ochenta, con raíces en la extrema derecha religiosa, o el Partido Reformista de Parot en los noventa, han ido sumando sus fuerzas a los republicanos.

Hoy en día. en torno a dicho partido, también encontramos a libertarios, evangélicos, milicias, constitucionalistas estrictos, escépticos, seguidores de las teorías conspirativas, neoconservadores, buscadores de fortuna… por ello, para mantener un equilibrio ante ese puzzle ideológico, las bases del partido no deben ser muy concretas. La ideología generalista, conservadora, y en muchos casos reaccionaria, republicana sigue esas pautas, y al mismo tiempo han sido capaces de que los demócratas tiendan a apoderarse en ocasiones de ese discurso derechista, logrando escorar muy hacia la derecha la política norteamericana.

Las primarias y sus imperfecciones

La importancia del sistema de primarias es clave en EEUU y participa de su extrema complejidad. No obstante, frente a quienes señalan este sistema como el soporte de unas elecciones libres, limpias y democráticas, los claroscuros asoman por doquier.

Para muchos políticos este proceso de primarias es el primer paso para metas posteriores (tras lograr la nominación puede optar a senador o gobernador, un puesto que les puede catapultar a cargos más altos). No obstante el sistema no es universal y hay estados donde en las primarias participan militantes y otros que no lo son, con lo que el papel de la militancia queda en entredicho.

Los pre-candidatos buscan desde el principio donaciones económicas, el apoyo de personalidades (la élite del partido) y finalmente el reconocimiento del público.

Las primarias se caracterizan por ser un proceso repleto de condicionantes externos: La existencia de lobbies o familias dentro de los partidos (militantes de primera o segunda), los condicionantes post-electorales de los donantes de las grandes sumas, los movimientos de base que provocan que los candidatos y sus contrarios radicalicen sus posturas (por lo general hacia posicionamientos más conservadores). Y sobre todo, no se elige en base a las demandas de los electores o sobre la idoneidad para gobernar del candidato, sino por las posibilidades de este último de vencer en la pugna electoral.

Por último, no conviene olvidar a los medios de comunicación, que interesadamente suelen apostar por su propio candidato, dándole mayor cobertura y buscando desfigurar las propuestas de los rivales.

Declaración de independencia de EEUU

Cuatro grandes revoluciones pretendieron cambiar el “antiguo régimen” por nuevas concepciones racionales de mando y obediencia. El banco de pruebas de la historia ha emitido su veredicto. La americana ha conseguido su propósito inicial. La primera en el tiempo, la inglesa, lo ha logrado en gran parte. Pero las dos últimas se han saldado con un fracaso de sus ilusorias pretensiones.

No se muda la naturaleza del poder cambiando de soberano y dejando intacta la soberanía. La Revolución francesa permutó al Rey absoluto por la Nación o Pueblo, es decir, por la oligarquía de la clase política que asumió la soberanía absoluta de su representación. La Revolución rusa trocó al Zar autócrata por el Partido Único, que asumió la soberanía autocrática del Estado totalitario.

Norteamérica y Gran Bretaña, en contraste con los países influidos por la Revolución francesa, han resistido durante dos siglos formidables embates de guerras civiles y mundiales, depresiones económicas, bárbaros nacionalismos, y hasta de sus propios imperialismos, sin merma de las libertades individuales ni de la independencia de la sociedad civil.

La profunda diferencia entre la autenticidad formal de la democracia norteamericana y la ficción representativa de los regímenes europeos deriva del diverso modo en que una y otros han resuelto el problema de la legitimación de la Autoridad.
Para conseguir la probabilidad de obediencia entre seres iguales, allí se ha puesto el énfasis en el consentimiento de los gobernados. Aquí, en el carácter impersonal y metafísico de la soberanía. Para facilitar ese consentimiento, allí se configura el poder en personas singulares responsables de sus actos políticos. Aquí se desfigura en ficticios entes individuales o colectivos, políticamente irresponsables en tanto que soberanos.

El sistema norteamericano legitima el ejercicio del poder. Los regímenes europeos, su constitución. Cuanto más dividido, controlado, personalizado y responsabilizado esté el poder del Estado americano, mayor será la probabilidad de que consiga una general aquiescencia. Cuanto más unido, sacralizado y despersonalizado sea el poder del Estado europeo, más fácilmente obtendrá la obediencia ciudadana.

Los individuos son voluntariamente ciudadanos en Norteamérica. En Europa, forzosamente. La situación ideal sería allí la compleja autonomía de la sociedad civil. Aquí, su absorción por la sociedad política. El voto electoral allí es un derecho. Aquí un deber.

El proceso constituyente de los Estados Unidos conoció tres momentos de inspiración legitimadora de la autoridad que ningún otro pueblo, en ninguna época, ha sabido igualar. La legitimación moral de la ruptura con la Corona británica mediante la Declaración de Independencia de 4 de Julio de 1776. La legitimación republicana de la constitución de poder, personalizado y electivo, mediante la segunda Constitución de 1789, redactada por un comité presidido por Washington, tras el insólito hecho, que tanto impresionó a Tocqueville, de la autosuspensión del poder colegiado que estableció la primera Constitución. Y la legitimación democrática del ejercicio del poder mediante las Enmiendas constitucionales de 1791, presentadas por Madison como “barreras contra el poder en todas las formas y en todos los comportamientos del gobierno”. Es en ese momento final del proceso revolucionario, y no al comienzo como hicieron los franceses con su Declaración de Derechos, cuando los principios morales pueden operar como cautelas de la libertad personal.

Los revolucionarios de ultramar encontraron su inspiración en la interpretación igualitaria de la Biblia de los sermones cuáqueros, en la interpretación liberal que hizo Locke de la “Bill of Rights” de 1689; en la balanza de poderes de Montesquieu; en el “Common Sense” de Paine, de donde Jefferson tomó la idea de sustituir el derecho a la propiedad por el de búsqueda de la felicidad.

Pero el factor decisivo, y diferenciador de las otras tres revoluciones, fue la circunstancia de que el enemigo a batir era un poder parlamentario.

La naturaleza mezquina de interés, y degenerada de intelecto, de este poder representativo se evidenció al rechazar el generoso proyecto de Franklin, propuesto por su amigo, Edmundo Burke, de que la Corona conservara las colonias a cambio de una misma libertad y una misma igualdad para todos los ciudadanos de un gran imperio atlántico.

Sólo 49 diputados sobre más de 600 comprendieron, como Franklin, que todo había terminado. La lucha de la libertad contra el principio de la soberanía, tapadera de los monopolios coloniales, tenía que cambiar de escenario.

Cuando Franklin desembarca del Pennsylvania Packet, ante una muchedumbre que coreaba “América para los americanos”, había tenido lugar en Lexington la primera batalla de la guerra de la Independencia.

El pueblo americano, para quien Washington buscaba dinero y un ejército, va a recibir el día 4 de Julio de 1776 el maravilloso regalo de un arma, hasta entonces desconocida, que pone en pie de guerra a toda la nación. En la vinculación de la idea de patria a la libertad de los individuos está el llamamiento a filas que hace, sin decirlo, la Declaración.

El pueblo tiene el derecho de cambiar o de abolir toda forma de gobierno que devenga destructora de la única finalidad que lo fundamenta: asegurar el disfrute de los derechos individuales, y en primer lugar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. “Tal ha sido la paciencia de estas colonias en sus males y tal es hoy la necesidad que las fuerza a cambiar su antiguo sistema de gobierno”.

En el salón de Carpenter´s Hall de Filadelfia, sin solemnidad ni espectáculo, los delegados de las Colonias Unidas comienzan a estampar sus firmas al pie del bello pergamino caligrafiado con el texto de Jefferson, apenas corregido por Adams, Franklin, Sherman y Livinston.

La antefirma dice: “Nos comprometemos mutuamente a sostener esta Declaración con nuestra vida, nuestros bienes y nuestro honor”. Jefferson verá en este compromiso de lealtad el secreto de la autenticidad democrática.

La Declaración de Independencia desempeñó una doble función, inicial y final, en la Revolución Americana. Inicialmente, fundó el patriotismo nacional sobre evidencias morales de libertad y de igualdad de derechos por encima del egoísmo de los Estados de la Unión. Finalmente, preservó una esfera de derechos y libertades individuales fuera del alcance del propio poder representativo.

Con el tiempo y el éxito, aquel primitivo patriotismo moral ha degenerado en nacionalismo imperialista. Pero todavía conserva su vigorosa lozanía la separación entre sociedad civil y sociedad política, y sobre todo, la garantía constitucional contra el abuso de poder de las autoridades representativas.