Lo que dijo John Adams y no quiere oír Ruiz Soroa (II)

http://aberriberri.com/2011/02/11/lo-que-dijo-john-adams-y-no-quiere-oir-ruiz-soroa-ii/

 

Iñigo Lizari, Imanol Lizarralde, Ion Gaztañaga

Con los razonamientos observados en el capítulo anterior, vemos que hay furibundos nacionalistas españoles que no son capaces de aceptar que los nacionalismos de Estado no se pueden permitir en el siglo XXI ciertas cosas que se han permitido en el siglo XIX ni deberían de dar lecciones de cómo se alcanza la libertad y la prosperidad. Sobre todo, si su nacionalismo se reviste de “constitucionalismo”, el decoro exige que acepten que el primer constitucionalismo español nacido en 1812, donde por primera vez se habla de nación española y de ciudadanía española, reconoce en su discurso preliminar que los únicos lugares en donde existían verdaderas constituciones y libertades eran en “las felices provincias vascongadas y Navarra” donde siempre se había logrado poner freno a los abusos del poder.

Esta visión no se contradice en absoluto con la visión de John Adams, que además de clasificar a Bizkaia como una República Democrática, hace tres críticas importantes a tener en cuenta por todos nosotros: la elitización de los representantes institucionales, la falta de innovación suficiente de sus leyes en los últimos tiempos y la constatación de que el modelo es un caso local derivado de las especiales situaciones en las que viven los vascos y no es un modelo exportable a otros países.

Ruiz Soroa basa su artículo en la tergiversación de la primera crítica, y si realmente al autor le preocupara la elitización del Constitucionalismo Foral de Bizkaia de 1780 debería constatar que es una limitación que afectaba al sufragio pasivo, es decir a la condición de ser elegido o electo, y no al sufragio activo, es decir a la condición de ser elector o votante (que era universal si bien la universalidad se limitada a un voto por familia o foguera y no por ciudadano). Y su preocupación debiera ser aún mayor si revisara el Constitucionalismo Soberanista Español con el que se adentro el Reino de España en pleno siglo XX, 100 años después de la visita de Adams a Bizkaia: en la Constitución de 1876 (que estuvo vigente hasta 1923) y con la que se laminó toda la foralidad, el Senado era una cámara, que además del Rey, podía bloquear cualquier iniciativa legislativa y condenarla a no poder ser presentada hasta la siguiente legislatura.

Semejante capacidad de veto no parece preocuparle a Ruiz Soroa, aunque la constitución española de la época establecía los siguientes requisitos para ser senador:

Art. 21. Son Senadores por derecho propio: Los hijos del Rey y del sucesor inmediato de la Corona, que hayan llegado a la mayoría de edad. Los grandes de España que lo fueren por sí, que no sean súbditos de otra Potencia y acrediten tener la renta anual de 60.000 pesetas, procedente de bienes propios, inmuebles, o de derechos que gocen la misma consideración legal. Los Capitanes generales del Ejército y el Almirante de la Armada. El Patriarca de las Indias y los Arzobispos. El Presidente del Consejo de Estado, el del Tribunal Supremo, el del Tribunal de Cuentas del Reino, el del Consejo Supremo de la Guerra, el de la Armada, después de dos años de ejercicio.

Art. 22. Sólo podrán ser Senadores por nombramiento del Rey o por elección de las Corporaciones del Estado y mayores contribuyentes, los españoles que pertenezcan o hayan pertenecido a una de las siguientes clases: Primero: Presidente del Senado o del Congreso de los Diputados. Segundo: Diputados que hayan pertenecido a tres Congresos diferentes o que hayan ejercido la Diputación durante ocho legislaturas. Tercero: Ministros de la Corona. Cuarto: Obispos. Quinto: Grandes de España. Sexto: Tenientes generales del Ejército y Vicealmirantes de la Armada, después de dos años de su nombramiento. Séptimo: Embajadores, después de dos años de servicio efectivo, y ministros plenipotenciarios después de cuatro. Octavo: Consejeros de Estado, fiscal del mismo Cuerpo, y ministros y fiscales del Tribunal Supremo y del de Cuentas del Reino, consejeros del Supremo de la Guerra y de la Armada, y decano del Tribunal de las Ordenes Militares, después de dos años de ejercicio.

Esta “democracia” española de un siglo después de Adams se puede resumir diciendo que aunque fuera cierto (que no lo es) que sólo un 0,1% de la población de Bizkaia pudiera ser elegible, la población española que estaría en condiciones de acceder al Senado un siglo después (que como hemos dicho tenia derecho de veto respecto de las iniciativas acordadas por el Congreso) estaría en menos el 0,01%. Observamos además, la ausencia de incompatibilidades (por ejemplo entre lo religioso y lo político), algo que no ocurría en el caso vizcaíno, celoso de proteger la incompatibilidad de los clérigos a sentarse en Juntas por la estricta separación entre iglesia y estado que se impusieron desde siempre las Juntas Generales. Además, de esta incompatibilidad, existían algunas otras como la de ser abogado, por considerar que estaban acostumbrados a un Derecho ajeno a los principios del derecho de Bizkaia y por ser proclives a utilizar artes tendente a la confusión. Un sistema de incompatibilidades y buen gobierno cuyo resultado era muy positivo en palabras de Adams:

Muchos escritores atribuyen su floreciente comercia a su situación, pero ésta no es mejor que la de Ferrol o Coruña, la ventaja es más probable que sea por su Libertad. Cabalgando este pequeño territorio, creerías estar en Connecticut; en lugar de cabañas miserables, construidas con barro, y cubiertas de paja, puedes observar el país lleno de grandes y espaciosas casas y graneros; las tierras bien cultivadas; y ricos y alegres pequeños propietarios. Los caminos, tan peligrosos e infranqueables en la mayoría de otras partes de España, son aquí muy buenos, y se han realizado con una gran cantidad de mano de obra.

La segunda crítica que observa Adams, es la falta de innovación de las leyes vizcaínas en los últimos tiempos. Sin embargo es probable que las razones que da Adams en su carta no gusten tampoco a los pedagogos ciudadanos como Ruiz Soroa:

Su disposición a la división, tan evidente en todos los gobiernos democráticos, aunque atemperados con poderes aristocráticos y monárquicos, se ha mostrado en la separación con Gipuzkoa y Araba ; y lo único que lo preserva de otras divisiones, ha sido el miedo a sus vecinos. Siempre han sabido, que tan pronto como cayeran en facciones, o intentaran innovaciones, la Corte de España se interpondría, y les prescribiría un gobierno con el que no estarían a gusto.

La falta de innovación en los últimos tiempos por parte de la Constitución de Bizkaia es por tanto la posibilidad de que la Monarquía española quisiera modificarlas a su antojo, cosa que ocurrió con la venida de la Constitución de Bayona y la de Cádiz, donde se pretendía modificar unilateralmente la foralidad. Este problema de innovación la intentaban paliar los vascos haciendo referencia a “usos y costumbres”, como lo hicieron cuando quisieron institucionalizar, el siglo siguiente, las Conferencias entre Diputaciones mediante sanción real: argumentaron que se venían reuniendo desde “tiempos inmemoriales” y que por lo tanto, no había problema en obtener autorización oficial e institucionalización por algo que siempre se había hecho.

Estas peculiaridades y limitaciones hacen que John Adams, aún admirando la democracia vizcaína, no vea en ella un modelo exportable para los Estados Unidos:

Aunque vemos aquí en el Gobierno general, en la de cada ciudad y merindad, las tres ramas del poder (…); sin embargo, si fueran tan democráticas como piensan algunos, no podríamos inferir, desde el ejemplo de esta pequeña multitud sobre unas pocas e impracticables montañas, en un círculo de diez leguas de diámetro, la utilidad o practicabilidad de este tipo de gobierno en cualquier otro país.

Una peculiaridad que a pesar de los pesares, es una democracia ejemplar de su época, digna de elogio de los más ilustres pensadores, como así lo hizo constar uno de los padres de la sociología científica moderna, el francés Frédéric Le Play, un siglo después de la visita de Adams, en 1871, en su obra “L´Organisation de la famille”:

“Después de estudiar las leyes de Europa, encuentro que a las Leyes Forales Vascas por encima de las leyes de Suiza, también con el apoyo de sus siglos de existencia. Por sus virtudes, su unión y sobre todo las libertades locales que disfrutan, los vascos nos brindan un ejemplo que uno apenas sabe cómo alabar lo suficiente, del mantenimiento de su lealtad a la mejor constitución social en Europa”

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